miércoles, 7 de marzo de 2012

¿Tiene usted un idiolecto?

Sin duda que lo tiene, aún en el caso de que no sepa qué es. Toda lengua tiene sus dialectos, que por lo general se definen en términos geográficos, incluso de zonas muy pequeñas; por ejemplo, aunque se podría hablar de un dialecto costarricense del español, en realidad en Costa Rica hay diversas zonas dialectales (se puede definir, por ejemplo, un dialecto del Valle Central, o incluso de la zona oriental del Valle Central, o del Área Metropolitana de San José...). Pero además se pueden clasificar los dialectos según coordenadas sociales, de nivel de educación, etc. Por ejemplo, yo podría decir que en mi familia hablamos un dialecto propio de la zona este de San José, de personas de nivel social medio-alto y con educación universitaria; aunque también hay coordenadas como la generacional y la sexual (los jóvenes hablan diferente de los viejos, las mujeres hablan diferente de los hombres), que quizá son más difíciles de describir. Cada uno de esos dialectos (o el juego de coordenadas que lo definen) tendrá por lo general, en comparación con otros, variantes en la pronunciación, en la entonación, en el tipo de vocabulario que se emplea y en el significado que se atribuye a ciertas palabras. La dialectología es una de las ramas de la lingüística, y en ella se hacen descubrimientos interesantísimos, sobre todo cuando se trata de una lengua de tanta extensión geográfica como es el español.
Un dialecto, sin embargo —y precisamente por las coordenadas que lo delimitan—, es siempre la forma en que determinado grupo de hablantes emplea esa lengua que tiene en común con muchos otros grupos.
Pero existen además los idiolectos. El idiolecto es la forma particular en que un individuo —ya no un grupo— emplea su lengua. El término “idiolecto” está formado sobre “dialecto” pero usando el prefijo idio-, que en griego significa “propio”. El idiolecto es, entonces, la forma propia de un individuo para hablar su lengua. Hay tantos idiolectos como hablantes de una lengua, y por lo tanto no se pueden estudiar a fondo. Sin embargo, es muy interesante fijarse en rasgos propios del idiolecto de algunas personas... y el más fácil es el de uno mismo.
¿Qué factores influyen en la formación de un idiolecto? Pues los mismos que influyen en la formación del carácter y la idiosincrasia del individuo: primeramente la familia de origen; luego los diversos ambientes donde uno se va formando, principalmente la familia extensa, el barrio en que vive —que puede ser más de uno si su familia se muda— , las varias instituciones educativas por las que uno pasa, la persona con quien uno se casa, y, claro, la profesión a la que se dedica y el ambiente laboral y social de la vida adulta.
Además de eso, las palabras y expresiones van cambiando con el tiempo, y eso influye también en el idiolecto. Hay palabras que se dejan de usar, o cosas cuya designación cambia. Por ejemplo, recuerdo que mi abuela paterna me señalaba cómo por el cielo iba pasando un aeroplano; yo creo que todo el mundo entiende qué es eso, pero yo nunca dije aeroplano sino avión. A mi vez, décadas después, me sorprendí cuando mi hija, estando en la escuela, usaba frases como: “Ocupo comprar tal libro”, cuando yo habría dicho “Necesito comprar tal libro”; frente a mis oídos se estaba dando un cambio de uso —muy común ahora y, a mi modo de ver, incorrecto— de “ocupar” en el sentido de “necesitar”.
En mi familia de origen (desde fines de los años 50 hasta mediados de los 70) lo normal era hablar de una bombilla, un limón agrio y la nevera. Unos años más tarde me percaté de que en mi país lo común era más bien hablar de un bombillo, un limón ácido y la refrigeradora. Podría decirse entonces que hay como “dialectos familiares” que forman la base principal del idiolecto de cada miembro de esa familia. En ese dialecto familiar hay palabras que van quedando perdidas porque dejan de usarse; cuando yo era niño se usaba mucho la palabra colorado (“se puso colorado de la vergüenza”), pero después rojo la desplazó por completo. A un autobús era frecuente llamarlo camión (como todavía se hace en México), pero después se generalizó el uso de bus.
Precisamente he detectado algunas diferencias entre mi idiolecto y el de mi esposa, que creo que se explicarán por la diferencia de los respectivos “dialectos familiares” de los que ella y yo procedemos:
•    Mi esposa me pide que después del almuerzo alce la mesa; entonces yo voy y recojo la mesa.
•    Mi esposa dice que yo todos los días me hago la barba o me rasuro; yo en cambio digo que me afeito.
•    Mi esposa dice que en los rincones de la casa se forman telas de araña; yo digo que se forman telarañas.
•    Mi esposa dice que entre nosotros (y no solo por razones dialectales) a veces hay malos entendidos; yo digo que hay malentendidos.
Aunque diferencias como esas se han mantenido con los años, sin duda hay muchos otros puntos en que mi idiolecto ha hecho cambiar al de ella y el de ella ha hecho cambiar al mío. Y los de nuestros hijos —que ya son adultos— tienen sin duda como estrato principal nuestro “dialecto familiar”, al cual se han ido añadiendo las influencias de los diversos ambientes en los que ellos se han movido, y además los cambios habidos en la lengua española —y en el dialecto costarricense del Valle Central— durante la vida de ellos.
Entonces, usted sí tiene un idiolecto; y si se fija un poco en los rasgos que lo distinguen, probablemente vea reflejada la influencia que diferentes ambientes lingüísticos han tenido sobre usted a lo largo de su vida.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Por qué estoy en contra de “femicidio”

Por supuesto que, como cualquier ser humano con algo de sentido común, estoy en contra de que asesinen a las mujeres. También estoy en contra de que asesinen a los varones, y en contra de que asesinen a los niños, y en contra de que asesinen a los no nacidos. Pero de lo que quiero hablar no es de eso, sino de que estoy en contra de que al delito de asesinar a una mujer se lo llame “femicidio”, como pretenden ahora. Esa palabra es un invento absurdo, como absurda es la majadería de quienes quieren que hablemos de “los niños y las niñas”.
El término “femicidio” es absurdo por dos razones. La primera razón es que está basado sobre el supuesto (infundado) de que el término “homicidio” se refiere al asesinato de hombres (varones) y que por lo tanto hay que crear un término que designe específicamente el asesinato de mujeres. Ese supuesto es falso porque “homicidio” viene de dos raíces latinas: la raíz hom- (el sustantivo homo, hominis = ‘hombre, ser humano’) y la raíz -cid- relacionada con “matar” (p.ej. occido, ‘matar’); pero la primera de ellas, que es la que aquí interesa, claramente designa a cualquier individuo de la especie humana, sea varón o mujer. En efecto, homo/hominis es un término inclusivo de ambos sexos, aunque en español y las otras lenguas romances haya llegado a designar especialmente (pero no exclusivamente) al varón. Entonces “homicidio” quiere decir “asesinato de un ser humano”; si se refiriera exclusivamente a los varones la palabra sería “*viricidio”, y solo en ese caso tendría razón de ser un término como “femicidio”.  (Nota: Es importante distinguir esta raíz latina homo de la raíz griega homo- que tiene un sentido muy diferente: ‘igual, mismo’ como en “homogéneo”, “homónimo”, “homosexual”.)
La segunda razón por la que la palabra “femicidio” es absurda es que está mal construida. Se ha pretendido construirla basándola en el vocablo latino femina ‘mujer’ (de donde viene el español “hembra”). Pero resulta que la raíz de esa palabra no es *fem- sino femin-, como lo vemos en varias palabras castellanas: “femenino”, “feminidad”, “feminismo”, etc. Si querían inventar una palabra, y si creían (equivocadamente) que era necesario inventarla, ¿por qué no la inventaron bien de una vez? De ser así, la palabra habría tenido que ser “feminicidio”, pero nunca “femicidio”. Ciertamente es más complicado, pero de todos modos ya bastante nos complican con ese innecesario neologismo. Alguien podría argumentar: ¿entonces no deberíamos decir también “hominicidio” en vez de “homicidio”? No, porque resulta que en el caso de homo/hominis, aunque el “tema” del sustantivo declinado es homin-, sí existe en el caso nominativo la palabra homo; es más, la palabra completa homicidium existía ya como tal en latín.

domingo, 5 de junio de 2011

¿Es usted un tour operador carbono neutral?

Una de esas peculiaridades que hacen del inglés un idioma tan ágil y, en cierto modo, tan simple es su capacidad de yuxtaponer palabras —omitiendo posibles preposiciones— para indicar casi cualquier tipo de relación entre esas palabras que quedan yuxtapuestas. Quizás la más común de esas relaciones es la “posesión”, o una forma muy amplia de relación que de algún modo se identifica con la posesión.
Así, mientras en español necesitamos la preposición de para la expresión “centro de convenciones”, en inglés un local así se designa convirtiendo convention (en singular) prácticamente en un adjetivo al yuxtaponerlo y anteponerlo a center para dar convention center. Se podría ciertamente decir center of conventions, pero eso es innecesariamente complicado; en la lengua siempre prevalece la ley del menor esfuerzo. Y si se dijera conventions’ center (usando la desinencia inglesa para el posesivo o genitivo, en este caso s + apóstrofo por ser plural) se daría un matiz diferente porque se estaría refiriendo a ciertas convenciones específicas (por ejemplo si en el contexto se viniera hablando de the 2008 conventions —suponiendo que fueran dos o más— y luego se mencionara el centro donde se efectuaron, para distinguirlo de otros posibles centros de convenciones...).
En los tiempos de la postmodernidad, varias expresiones inglesas construidas de ese modo y convertidas en giros de uso sumamente común han hecho su entrada en la comunidad hispanohablante. Que yo me acuerde, la primera de ellas fue, alrededor de 1990, la expresión IBM compatible, que era el adjetivo aplicado a una computadora de cualquier marca (o de ninguna) que funcionaba con el mismo sistema operativo de las computadoras IBM (primero el DOS, más tarde el Windows) y no con el de Apple. No sé qué harían en España con esa expresión; pero en América Latina, o al menos ciertamente en Costa Rica, si uno entraba a una tienda en busca de una computadora, se encontraba con que los vendedores y los entendidos en la materia —o los que pasaban por entendidos— habían importado la expresión inglesa sin más arancel aduanero que el cambio de pronunciación. Le decían a uno: “Esta computadora es i-be-eme compatible.”
El problema es que en español, el adjetivo “compatible”, pospuesto a la marca comercial IBM, lo que hace es decir un atributo de esa marca. Es decir, estrictamente, el vendedor le estaba diciendo a uno que esa computadora era una IBM (cosa que, precisamente, no era), y que en cuanto tal era compatible (quién sabe con qué). Y más bien, lo que en el fondo quería decir el vendedor era: “Esta computadora no es una IBM, como usted puede ver; pero es compatible con IBM.” Ajá. Compatible con IBM: esa debió haber sido la traducción de la expresión inglesa IBM compatible, pero eso era más complicado y, en este caso, el aplicar la ley del menor esfuerzo generó una traición a las normas conceptuales del español. Dichosamente, con el tiempo, esa expresión ha caído en desuso por innecesaria.
Después le tocó el turno al giro inglés tour operator, compuesto en este caso por dos sustantivos (al estilo de convention center). En este caso la traducción literal sería “operador de tours”: alguien —un agente o una empresa— cuyo negocio consiste en organizar visitas turísticas. En Hispanoamérica casi no he visto que se emplee esa expresión; pero en España —país donde nunca han sabido qué hacer con las palabras extranjeras— la han calcado como tour operador, y así se usa con frecuencia: “Solicite más información a su tour operador.” En español esta es una expresión francamente disparatada, porque el sentido común del hablante (o, en este caso, del oyente o lector) pone el énfasis semántico en la primera palabra (“tour”) e interpreta la segunda con un sentido atributivo (como lo hace, por ejemplo, con “agente vendedor”). Y un “tour” (sustantivo principal) que es “operador” (adjetivo, o sustantivo adjetivado, como atributo de “tour”) no es nada. No corresponde a ningún concepto. No existe. Aunque en lugar del calco se podría usar la traducción literal mencionada, hay también otros equivalentes como “operador turístico”, “agente turístico/de viajes” o “agencia turística/de viajes” (cuando se refiere a una empresa y no a un individuo).
En años más recientes, la expresión inglesa de similar estructura que se ha metido al español es carbon neutral. Al igual que IBM compatible, está formada por un adjetivo (neutral) al que se ha antepuesto un sustantivo (carbon) para indicar una relación no muy definida. En la prensa y en el lenguaje común (al menos en Latinoamérica; no sé cómo será en España) se ha dado un simple calco: se dice que un país o una ciudad es (o quiere llegar a ser) “carbono neutral”. Y el problema es igual que con “IBM compatible”: como “carbono” es un sustantivo y “neutral” es un adjetivo, el oyente/lector interpreta  en un primer momento que “el carbono es neutral”, cosa que no solo no es lo que se quiere decir, sino que no quiere decir nada.
Lo verdaderamente lógico y coherente con el español es desglosar esas expresiones al traducirlas, de modo que se hagan explícitas las preposiciones (tácitas en inglés) que en español son necesarias para indicar la relación que existe entre los dos miembros de cada expresión. Así, lo más “español compatible” (!) habría sido decir “compatible con IBM”, “operador de tours” y “neutral en cuanto al carbono”. Esta última es, obviamente, la que menos esperanza tiene de ser traducida correctamente algún día, por lo larga que resulta. Entonces uno podría proponer el convertirla en una sola palabra: “carbononeutral” o, a lo más, en un binomio con guión: “carbono-neutral”, si bien esto último no congenia mucho con el estilo español de formar palabras. En todo caso, el crear una expresión en forma de una sola palabra (como la propuesta “carbononeutral”) podría ser un buen camino para saber qué hacer con expresiones similares que surjan en el futuro.

lunes, 27 de septiembre de 2010

¡Tradúzcanme esa noticia... del español!

A principios de este mes corrió la noticia de una tremenda masacre que un cartel del narcotráfico había perpetrado en el estado de Tamaulipas, México. Los cables noticiosos informaron que el abominable crimen había tenido lugar en un “rancho”.
Puesto que esos cables venían redactados en español, nadie (al menos en los periódicos costarricenses) pensó siquiera en la necesidad de “traducir” la noticia. ¿Para qué traducir del español al español? Claro, ¿para qué...? Pero es que a veces, como en este caso, las cosas no se dicen igual en todos los países hispanohablantes, y puede ser necesario traducir de un dialecto nacional o regional a otro.
Resulta que lo que en México se llama “rancho” es lo que en Costa Rica y en otros países  llamaríamos “finca” o “hacienda”, generalmente en referencia a una propiedad de bastante extensión y con construcciones relativamente lujosas, generalmente para usos de recreo además de producción agrícola o ganadera. En México, un “rancho” no lo tiene cualquiera; hay que ser de cierto nivel económico para poseerlo.
En cambio, en Costa Rica (y en otros países, al menos de Centroamérica) la palabra “rancho” designa una choza rústica, una construcción rudimentaria que solo los pobres tienen y que ocupa muy poco espacio. También se puede referir a una construcción sencilla con techo de paja o de hojas de palma (como lo que en México —y solo en México— llaman “palapa”), por lo común sin paredes, que se usa a modo de cobertizo para fines recreativos en áreas abiertas.
Si bien es admirable la unidad de la lengua española, y es indudable que nos sirve para comunicarnos bien entre gente de muchos países, no podemos presumir así no más que todo se dice igual en todas partes. Los periodistas y otras personas que escriben textos orientados a hispanohablantes de diversos países deberían ser sensibles a ese tipo de variantes, y usar un español lo más neutral y estándar posible. Además, quienes reciben (p.ej. en un periódico local) ese tipo de textos para difundirlos en su propio país deberían ver si hay algo que necesite “traducción”.
Si bien el ejemplo que mencioné es el de un vocablo con diversos significados en distintos países latinoamericanos, por supuesto que es mucho más frecuente que esa necesidad de “traducción intrahispana” se dé entre términos usados en España y términos usados en América. Algunos tienen sentido evidente y entonces no es realmente necesaria la traducción; p.ej. en España se dice “coste” mientras que en América se dice “costo”. Otro ejemplo es el del verbo “acceder”, que en España se suele usar en el sentido de “tener acceso a”, cosa que nos resulta extraña a los latinoamericanos (que solo usamos “acceder” para “consentir, ceder en una opinión”). (Ver artículo de hace un año, “Accesar” y “acceder”.)
En otras ocasiones, la diferencia es muy sutil y es difícil que un periodista la note. Es el caso de la palabra “estatuto”, que en España se suele usar como equivalente o sustituto de “estatus”: “Los guerrilleros solicitaron que se les diera estatuto de ejército beligerante.” En Hispanoamérica “estatuto” es únicamente un cuerpo legal que reglamenta a una asociación u organización, es decir una constitución o reglamento.
Pero también se da el caso de traducciones innecesarias o, mejor dicho, traducciones necesarias para cierto país destinatario pero que salen sobrando en otro. Hace unos años había en Nicaragua una controversia en torno al nombramiento del Contralor General de la República. El término “contralor” (y el de la oficina o dependencia donde él trabaja, “contraloría”) parece ser generalizado en América Latina, mientras que es desconocido en España. Los cables de la agencia española EFE que daban cuenta de esa situación nicaragüense llegaban a los periódicos costarricenses con su traducción: “Dificultades para nombrar al Contralor General (Fiscal de Cuentas)”; o “cuestionan nombramiento en la Contraloría General de la República (Tribunal de Cuentas)”. La traducción era para que los españoles pudieran entender, pero en un periódico centroamericano debían haberla quitado.
Concluyo mencionando un caso un poquito diferente, una mala traducción de un término inglés. Es un titular de La Nación del día 25 de setiembre del 2010: “Israel busca compromiso en torno a asentamientos.” En español “compromiso” es una obligación, una promesa que uno queda —precisamente— comprometido a cumplir. Es totalmente diferente —y casi lo contrario— del inglés compromise, que Webster define como “(a) settlement of differences by arbitration... (b) something intermediate between or blending qualities of two different things” [(a) resolución de diferencias mediante arbitraje... (b) algo intermedio entre dos cosas diferentes, o que reúne cualidades de las dos”]. Es decir, Israel no buscaba un “compromiso” (no buscaba comprometerse ni que nadie se comprometiera a nada) sino un “arreglo”, “término medio”, “acuerdo negociado”, “transacción” o “componenda”. Ese término compromise es uno de los muchos “falsos amigos” que todo traductor debe aprender a evitar, y de los cuales hablaré en otra ocasión.

miércoles, 21 de abril de 2010

¿Nos atrevemos a pronunciar el islandés?


En este mes de abril entró en erupción el volcán islandés Eyjafjallajökull, cuya nube de cenizas interrumpió por varios días el tránsito aéreo en Europa... y cuyo nombre ha dejado boquiabiertos a la mayoría de los presentadores de noticias televisivas. En la televisión francesa optaron por llamarlo “le volcan au nom imprononçable”, y un presentador de CNN en Español ha dicho lo mismo: “el volcán de nombre impronunciable”. Muchos noticieros (e incluso medios escritos) han optado por llamarlo simplemente “el volcán islandés”, con el problema de que en Islandia hay tantísimos volcanes que esa es una designación totalmente imprecisa; otros han acortado su nombre a “Eyjafjalla”, quizás pensando que jökull significa “volcán” (en realidad significa “glaciar”). (Una página que vi dice que eyja significa “isla” y fjall “montaña”; y que en realidad, como muchos volcanes islandeses están cubiertos por glaciares, se les conoce con el nombre del glaciar sin que el volcán en sí tenga un nombre. Para especificar que hablan del volcán dirán simplemente “el volcán del glaciar tal”.)
El nombre asusta, tal vez casi tanto como la potencia del volcán. Asusta por lo largo y por la combinación de consonantes... la mayoría de los que no hablamos lenguas nórdicas nos asustamos con ese montón de jotas, y sobre todo en combinaciones como -yj- ó -fj-. Cuando uno se mete a investigar cómo se pronunciará realmente ese nombre —o cómo se pronuncian algunos fonemas del islandés— tiene ciertos consuelos y ciertos nuevos obstáculos.
Un consuelo es que la jota se pronuncia simplemente como una i semivocálica (como en hielo), o como una y suave (como la pronuncian los hondureños, los nicaragüenses y muchos mexicanos en palabras como cayó; no fuerte como la pronuncian los costarricenses). Un obstáculo es que esta palabra de seis o siete sílabas lleva el acento primario en la primera (cosa que ocurre con todas las palabras islandesas). Otro obstáculo es que la ll que en este nombre aparece dos veces no es, como podríamos pensar, una simple duplicación del sonido de l (como en italiano bella), sino que suena tl como en el nombre de la lengua náhuatl. Esa combinación tl es muy difícil de pronunciar para los que hablan español ibérico (¿alguien se ha fijado cómo pronuncian los españoles “atlético” o “Atlántico”?), pero no para los que hablamos español americano (o al menos mesoamericano), ya que precisamente las lenguas indígenas de Mesoamérica nos heredaron esa combinación fonética en diversos vocablos (‘náhuatl’, ‘escuintle’, ‘tepezcuintle’) y topónimos (Popocatépetl, Atitlán). El otro obstáculo es el sonido de la ö en jökull, pero esto no debería presentar dificultad para quien haya aprendido aunque sea un poco de francés o de alemán, pues es la vocal del francés feu o del alemán schön, incluso un poco relajada por no estar en sílaba tónica.
En resumen, la pronunciación del nombre del famoso volcán podríamos representarla más o menos así, en una pronunciación figurada destinada a hispanohablantes: [éiyafyatlayökutl] (con la advertencia ya mencionada de que aquí la y es casi una i, y de que ö representa la vocal del francés feu). Con los símbolos del Alfabético Fonético Internacional eso se indica así: ['ei.jaˌfjatl.aˌjœ.kʏtl]; esa transcripción indica no solo el acento primario (con un ' al inicio de la palabra) sino también los dos acentos secundarios (con una especie de coma vertical antes de -fjatl- y antes de -jœ-), y además el signo ʏ indica que la u no es una u ‘pura’ sino relajada. En el artículo de Wikipedia sobre el glaciar en cuestión se incluye un enlace para oír este nombre pronunciado . Al oírlo nos suena como “resbalado”, como si los fonemas no se distinguieran bien unos de otros.
Yo no sé islandés; solo sé que de las lenguas escandinavas es la más parecida al “nórdico antiguo” (la lengua de los vikingos) y que tiene un sistema completo de declinación, y que su fonología es bastante compleja. El artículo de Wikipedia sobre el idioma islandés da una descripción muy completa para los que no conocemos el idioma.
Pero cuando yo estaba en secundaria hice para Estudios Sociales una investigación acerca de Islandia, y aprendí varias cosas de su historia y su cultura, y alguna que otra de su lengua, que me llamaron mucho la atención. Una de las cosas que aprendí me permitió descubrir un error conceptual en una noticia que el periódico costarricense La Nación publicó hace pocos días, en relación con “el volcán islandés”. Se trata de un cable de AP, probablemente traducido del inglés, titulado “Granjeros tratan de salvar sus rebaños”, y comienza diciendo: “Skogar, Islandia. – Granjeros en la región afectada por la erupción del volcán en Islandia luchan por evitar que sus animales ingieran o inhalen las cenizas del volcán (...) Berglind Hilmarsdóttir, un granjero de productos lácteos, se unió con sus vecinos el sábado para reunir su ganado, unas 120 cabezas en total...” Cerca está una foto de una persona al volante de un carro, con la cabeza y la cara totalmente cubiertas por una máscara, y el pie de foto dice: “El granjero Berglind Hilmarsdóttir buscaba ayer animales perdidos.”
¿Cuál es el error? Pues que la noticia no debería hablar de “un granjero”, sino de “una granjera”. ¿Cómo lo sé? Por el apellido, que es un apellido de mujer. En Islandia, todo varón tiene un apellido que termina en -son (“hijo”), y toda mujer un apellido que termina en -dóttir (“hija”; vean el parecido con el inglés daughter). El papá de esta granjera se llamaba o se llama Hilmar; su apellido no lo conocemos sin conocer el nombre de su respectivo padre, el abuelo de Berglind. Y, como las mujeres islandesas conservan al casarse su propio apellido (el nombre de pila de su padre más -dóttir), resulta que en una familia islandesa cada persona puede tener un apellido diferente. Supongamos que el padre de Hilmar se llamaba Sigurd; entonces su nombre completo es Hilmar Sigurdsson (“el hijo de Sigurd”; la s indica posesivo o genitivo, igual que en inglés o en alemán). Y supongamos que la esposa de Hilmar y madre de Berglind se llama Ingibjörg Jónsdóttir (porque su papá se llamaba Jón), y que además de Berglind tuvo un hijo varón a quien pusieron Kristján. Resultado: en la casa paterna de la granjera Berglind, el padre se llama Hilmar Sigurdsson; la madre, Ingibjörg Jónsdóttir; la hija, Berglind Hilmarsdóttir, y el hijo, Kristján Hilmarsson.
No puedo terminar de escribir sobre Islandia sin hacer referencia al “centro de la Tierra”. Tendría yo como 11 años cuando leí la obra de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra, y ahí no solo comenzó mi curiosidad por Islandia sino que me familiaricé con la palabra jökull. El protagonista de la novela (cuyo nombre olvidé) descubre un antiguo manuscrito en letras rúnicas (las letras con que, en efecto, se escribía en su origen el nórdico antiguo y el islandés). Cuando el protagonista transcribe las runas a letras latinas, se encuentra con que se trata de un mensaje cifrado; son varios grupos de palabras de seis letras cada una. Luego encuentra la fórmula matemática para descifrarlo, y obtiene un texto que encima de todo está escrito al revés, es decir que hay que comenzar a leerlo por la última letra, y que resulta estar en latín a pesar de usar las runas.
El mensaje dice así: In Snaefells ioculis craterem quem delibat umbra Scartaris Iulii intra kalendas descende, audax viator, et terrestre centrum attinges, quod feci. Traducción: “Desciende en el cráter del jökull de Snaefells al que roza la sombra del Scartaris dentro de las calendas de julio, audaz viajero, y alcanzarás el centro de la Tierra, lo cual hice yo.” La referencia es al Snaefellsjökull, un glaciar (con su respectivo volcán) que se encuentra en la costa occidental de Islandia, en la punta de la península central de las tres que hay. Se supone que, al entrar las calendas del mes de julio (es decir, el 1º de julio), la sombra de uno de los picos de ese monte, llamado Scartaris (cuya existencia no me consta) toca uno específico de los cráteres del volcán; es por ese cráter por el que hay que meterse para llegar al centro de la Tierra, como lo hizo Arne Saknussem, un supuesto explorador del siglo XIV que fue el que escribió el mensaje cifrado.
La suerte que tenemos con el hecho de que las erupciones del 2010 sean más bien del Eyjafjallajökull es que, por una parte, podemos respirar tranquilos porque no saldrá por ahí toda la ceniza acumulada en el centro de la Tierra; y, por otra, que el camino hacia el centro de la Tierra no va a quedar taponado.

martes, 19 de enero de 2010

¿Sólo yo me doy cuenta?

Consciente de que tengo dos entradas pendientes, quiero regresar al blog con una pequeña queja de algo que no dejo de notar cada vez que pasa y me hace siempre preguntarme, ¿sólo yo me doy cuenta?
Creo que los periodistas comenzaron esto, o tal vez simplemente ellos son en los que siempre pienso cuando me doy cuenta de que un error se está volviendo demasiado común en las conversaciones diarias. Lo que más me ha preocupado de estas cosas que voy a mencionar, es encontrármelas en México tan consolidadas como en Costa Rica. Esto me deja claro que, si no son los periodistas, es algún comunicador visto (leído, escuchado, etc.) internacionalmente el que está detrás de estas necedades.
La primera tiene que ver con el complemento circunstancial "con base en" que es tan naturalmente reemplazado por "en base a". La verdad es que esta expresión (como otras familiares: de acuerdo con, con respecto a, etc.) tiene un sentido lógico de por qué decirla como se dice. No es simplemente un capricho preposicional. Pensemos en una pirámide, una pirámide está construida CON su BASE EN la tierra. No podemos decir que está construida en base a la tierra. Pero "en base a" ha sido de los errores más exitosos de la última década.
Otro de los errores más exitosos que ha conocido nuestra lengua en los últimos diez años es el mal uso del verbo impersonal "haber", conjugado en pretérito perfecto plural. Ya no nos extraña oír: "Hubieron disturbios en la marcha". Pero bien se sabe que la forma correcta de decirlo es "hubo disturbios". Como verbo impersonal, el verbo haber no tiene concordancia de número con el sustantivo.
También se ha vuelto muy popular cambiar "necesitar" por "ocupar". Y este error llegó a su máximo apogeo hace un par de años cuando un notable banco de Costa Rica basó toda su publicidad en el lema "todos ocupamos una mano". ¿Solo a mí me dijo mi maestra de español que uno solo ocupa espacio? ¿O solo yo estaba poniendo atención?
Esta última se escucha desde los noticieros de cualquier género hasta las homilías del sacerdote más pintado. Se trata de hacer oraciones en infinitivo así tranquila e indiscriminadamente. Por ejemplo: "Nada más decirles que me alegro mucho." Así, sin agregar un verbo que esté conjugado y le dé sentido a la oración. Espero que a todos les suene raro escuchar una oración que use el infinitivo como el verbo principal, y que no sea yo el único que se da cuenta de estas cosas.
En base a lo anterior, nada más despedirme y agadecerles; ya ocupaba contarles todos los errores que hubieron en el periódico ayer.

lunes, 4 de enero de 2010

¿Con qué se bebe usted un refresco?

No, la respuesta no es “con hielo”. Lo que pregunto no es “acompañado de qué” sino “usando qué instrumento”. Tampoco me interesa especificar qué es un “refresco”, porque, mientras que para los mexicanos se trata necesariamente de lo que en otros lados llamamos un refresco gaseoso, una gaseosa o una soda, en muchos otros países puede ser cualquier bebida refrescante, gaseosa o no, incluyendo las de frutas que en Centroamérica llamamos “frescos” y en México “aguas”.
Entonces el asunto es que, a veces en una botella pero generalmente en un vaso donde está la bebida en cuestión, introducimos un tubito delgado, ahora casi siempre de plástico (antes, de una especie de cartón o incluso de papel encerado), por el que sorbemos el refresco con la boca. ¿Cómo le llama usted a ese tubito?
Resulta que, casi como las verduras y las frutas, el nombre de ese objeto es uno de los que más varían de un país a otro en el mundo hispanohablante. (Ver el artículo de Miguel Vargas del 1º de agosto del 2009, “La interminable conversación de los regionalismos”.)
En Costa Rica y, según parece, en toda Centroamérica, al tubito en cuestión lo llamamos pajilla. Supongo que en España también, pues ese es el término que figura en el DRAE como la forma estándar en español; para definir el término mexicano, el diccionario remite a “pajilla”. En México se llama popote, palabra a todas luces de origen náhuatl. (Algunos recordaremos de hace más de 40 años una canción que hablaba de “mi novia Popotitos”; los que no somos mexicanos nunca habíamos entendido que el nombre hacía referencia a las piernas flacas de la chica.)
Una investigación mía de hace unos meses (en la cual recibí ayuda de varios amigos míos de Facebook) me ha permitido averiguar cómo se llama la pajilla en varios otros países, yo diría que en casi todos los de América Latina. En Panamá le dicen carrizo, nombre que originalmente designa una especie de caña delgada que crece cerca del agua. En Ecuador se llama sorbete (palabra que en otros países designa los helados en general, o cierto tipo de helado); ese nombre se aplica asimismo en la República Dominicana, si bien en ese país caribeño existe también la designación calimete, cuyo origen ignoro. Me dicen que en Cuba, o al menos en el español cubano de Miami, se llama pajita. Y en Colombia se le dice pitillo (en otros países eso es un cigarrillo); esta es, fuera de pajilla y popote, la única otra versión del nombre que aparece en el DRAE, donde dice que también se usa con ese sentido en Venezuela; y según me han comentado, también se llama así en Argentina, Chile y Paraguay. Me faltó solamente averiguar con qué se toma un refresco en Uruguay, Perú, Bolivia y Puerto Rico, y también saber si en algunos de los países ya mencionados hay variantes además del término que yo averigüé.
Hay dos anécdotas “de la vida real” relacionadas con esta variedad de designaciones del tal tubito. Una es de un par de muchachas nicaragüenses que estaban en cierta ocasión en México y, en un café o restaurante, una de ellas pidió cierto refresco. El mesero le preguntó: “¿Le pongo popote?” Y ella, no queriendo delatar su ignorancia del término, contestó: “Sí, pero solo un poquito.” (Claro, solo un poquito, por si acaso enchilaba o emborrachaba...)
La otra es de cuatro o cinco misioneras jóvenes que se hallaban en Quito, Ecuador. Dos o tres de ellas eran costarricenses; una era colombiana y la otra mexicana. Estaban, sin compañía de ecuatorianos, en un restaurante de comidas rápidas, y pidieron pajillas para sus refrescos... pero ninguna sabía cómo se llamaba eso en Ecuador, y además cada una le daba un nombre diferente en su país. La verdad es que no sé cómo salieron del apuro... supongo que tuvieron que describir el objeto o hacer señas, o que finalmente encontraron un dispensador de donde lo tomaron sin averiguar cómo se llamaba.
¡Y decimos que hablamos un mismo idioma...! Pero la verdad es que sí: es una maravilla que en la mayoría de las cosas podamos entendernos tan bien en tantos países diferentes.
¡Pajillas y popotes! (Esa es una exclamación que yo inventé, equivalente a “¡Rayos y centellas!”. Podría decirse también: “¡Carrizos y sorbetes!” o “¡Pitillos y calimetes!”.)