viernes, 31 de julio de 2009

El título en el lomo de los libros

Todos sabemos que la mayoría de los libros modernos (a menos que tengan más de 500 páginas o menos de 50) llevan escrito su título en el lomo, verticalmente. Fue mi padre quien, cuando yo era niño, me señaló un detalle muy curioso: los libros en inglés y en alemán tienen ese título escrito de arriba hacia abajo, mientras que los libros en español y en francés lo tienen escrito de abajo hacia arriba. Uno pensaría que, si de todos modos hay que virar el ángulo de la vista en 90º para poder leerlo, da lo mismo leer de arriba hacia abajo que de abajo hacia arriba (es decir, uno virará su ángulo de visión hacia la derecha o hacia la izquierda según el caso).
Efectivamente da lo mismo si los libros en cuestión están acomodados en un estante, verticalmente, como sucede la mayoría de las veces. Pero con mucha frecuencia ocurre que, ya sea porque no caben en el estante o porque uno los tiene en otro lugar para uso diario (por ejemplo en el escritorio o en la mesa de noche), uno no coloca los libros parados sino acostados, horizontalmente. Y si hace eso, lo lógico es que los ponga con la portada hacia arriba.
Pues resulta que si un libro está acostado con la portada hacia arriba, ya no da lo mismo cómo esté escrito su título en el lomo. Si está escrito de arriba hacia abajo (libros en inglés o en alemán), el título quedará al derecho, con las letras en posición normal, y uno podrá leerlo fácilmente al mirar el lomo del libro. Si en cambio está escrito de abajo hacia arriba (libros en francés o en español), las letras quedarán al revés y uno tendría que ponerse de cabeza para poder leer el título.
¿Se da esta diferencia entre los libros en lenguas germánicas y los publicados en lenguas romances? Quizás... he visto algunos libros en latín y en portugués que tienen el título como los que están en español. Pero también he visto algunos libros italianos (cierto que de publicación muy reciente) que proceden igual que los de inglés. Y unos pocos libros en español que hacen lo mismo. En todo caso, si lo habitual es que los libros en lenguas germánicas lo hagan de un modo y los libros en lenguas románicas lo hagan de otro, es por pura tradición y costumbre y no por ninguna regla inherente a los respectivos idiomas.
A fin de cuentas, poner el título de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo viene a ser una cuestión de sentido común, de qué es lo que resulta más útil y práctico para diversas circunstancias. Y parece que, como en otros aspectos de la vida y la cultura, los germanos y anglosajones han optado por la forma más práctica y razonable. A ver si quienes publican libros en lenguas romances van adoptando también esa costumbre que los acercaría más al sentido común...

lunes, 27 de julio de 2009

La gripe AH1N1

Cuando, al principio de los tiempos (es decir, hace unos cuatro meses), a esta gripe se la llamaba “gripe porcina”, todo era mucho más fácil. Pero fue tal la protesta masiva del Sindicato Internacional de Chanchos, que alguien tuvo que inventar el sustituto “AH1N1”, del que, sin embargo, algunas mentes malévolas afirman que, según ciertos códigos cabalísticos, quiere decir simplemente “puerco” en el idioma tocario B. (Otro día podemos hablar del tocario B; yo digo que aquí viene a cuento porque el virus en cuestión se transmite por contacto táctil, o sea si uno toca una superficie donde el virus está alojado.)
El problema con ese término “AH1N1” es que no se parece a ningún otro que en tiempos recientes nos viéramos en la necesidad de usar. Sobre todo, no se parece a las siglas o acrónimos que son tan frecuentes y divulgados en nuestra época. La razón es que combina letras y dígitos.
Y entonces, se hace muy difícil pronunciarlo. Uno tiene que decir “a-hache-uno-ene-uno”, lo cual suma nueve sílabas... demasiado largo para los hablantes modernos, sobre todo para aquellos que están acostumbrados a usar el lenguaje abreviado de los mensajes de texto.
Yo tengo la solución universal de este problema para toda Hispanoamérica (no digo que tenga la vacuna, sino la solución para el problema lingüístico); lástima que nadie me va a hacer caso. Sea como sea, mi propuesta es la siguiente: convirtamos esos dos unos (los dos dígitos 1) en íes, ya que se parecen tanto gráficamente. Entonces no solo podremos pronunciar el mágico término con solo tres sílabas (un ahorro muy considerable, del 66%) sino que podremos escribirlo todo con minúsculas: ahíni (porque eso sí, hay que tildar la primera i, así como tildamos ahúma, prohíbe y ahínco). Así, no solo estaremos haciendo algo parecido a lo que se hizo con la palabra sida, sino que dejaremos resuelta de una vez por todas esta invasión de los unos.

viernes, 24 de julio de 2009

Aparte no se escribe aparte, pero a veces sí

Probablemente muchos hemos oído aquella especie de acertijo/chiste que dice: “Jinete se escribe con J, pero generalmente se escribe con G” (hay otros parecidos, como el de “Aré lo que pude”, que uno al oírlo interpreta como “Haré lo que pude” y no logra descifrar la concordancia de tiempos).
Algo parecido ocurre con el adverbio “aparte”. Recientemente me he dado cuenta de que mucha gente escribe “a parte”, p.ej.: “A parte de las actividades planeadas, se efectuaron dos reuniones que se propusieron a última hora.” Pues no. ‘Aparte’ no se escribe aparte; se escribe pegado.
Otro caso es “sobre todo”; ese sí se escribe aparte. Porque si usted lo escribe pegado, “sobretodo”, se está refiriendo a un abrigo de invierno: “Enrique se puso el sobretodo y la bufanda y salió a la calle.” Con “sobretodo” ocurre, como con tantas otras palabras y expresiones, que el corrector ortográfico de la computadora no lo marca (porque está bien escrito, solo que significa otra cosa), de manera que muchos que escriben en español (sin saber lo suficiente) lo dejan así, pegado. Lo mismo pasa con “en torno”: cuando significa “alrededor” o “acerca de” son dos palabras; existe la palabra “entorno” pero es un sustantivo que significa “contexto, ambiente”: “Los ecólogos discutieron en torno al entorno.”
También se escribe aparte la expresión “a veces”, que aparece en el título, aunque con ella nadie parece tener problemas. Pero otra expresión que se escribe aparte es “tal vez”. Entiendo que en algunos países de Latinoamérica es común escribir “talvez” y supongo que hay correctores ortográficos (y profesores de Español) que lo aceptan. No me extrañaría que en el futuro llegue a escribirse como una sola palabra. Pero por ahora, lo más clásico y generalizado es “tal vez”.
Se podría resumir todo esto en una afirmación como la siguiente, tan ambigua como la del jinete:
“En torno a lo que se escribe pegado, como entorno, y a lo que se escribe aparte, como sobre todo, hay que recordar que aparte se escribe pegado, pero a veces se escribe aparte, y tal vez también. Pero también se escribe pegado, como sobretodo, que no está tan bien escribirlo aparte. Todo eso se refiere a parte de las expresiones de nuestra lengua, no a todas.”

¡A ver quién se puede aprender eso de memoria!

Entre el error y la genialidad

Hay errores imperdonables y errores que son más bien de reírse. Caminando por las calles de nuestras ciudades en Latinoamérica, es donde se encuentran estos dos tipos de errores. Los que siempre nota más uno están en centros turísticos, donde los rótulos bilingües son puestos por gente no tan bilingüe. Recuerdo muy bien en un centro turístico en algún lugar de Latinoamérica que decía: "LA FILA EMPIEZA AQUÍ / FILE START HERE".
Me parece que esos son imperdonables porque los ve la gente culta y dejan muy mal a las administraciones de los parques nacionales o las atracciones turísticas. Los que son de reírse son los que siempre ve uno en algún lugarcito a punto de caerse con algún rótulo de venta de "cervesa" o cosas como esas. Pero también, así como se encuentran verdaderas torpezas, hay gente que resulta ser muy creativa en su forma de expresarse. En una presentación que me mandaron hace poco, fue donde vi la frase "PINTAMOS CASAS A DOMICILIO", y decidí poner en mi primera contribución a este blog unas poquitas imágenes de esa presentación que incluyen tanto errores ortográficos espantosos, como algunos destellos de genialidad. Las pongo justamente en ese orden.

miércoles, 22 de julio de 2009

¿Quién traduce los títulos de las películas?

Para mí siempre ha sido un misterio: ¿quién es esa autoridad omnipotente que traduce al español los títulos de las películas? Porque una vez que en esas esferas galácticas se toma la decisión, ya el nombre de la película queda escrito en piedra para todo el público latinoamericano (no para el de España, pues en su caso parece que la decisión la toma otra entidad igualmente misteriosa... a veces las películas en España se llaman diferente).
Claro que muchas veces —quizás la mayoría— el título en español es simplemente una traducción literal del título en inglés. A veces es así porque no hay manera de cambiar el título: entonces tenemos “Alicia en el país de las maravillas”, “Piratas del Caribe”, “Lo que el viento se llevó”, “Ben Hur”, “El Señor de los Anillos” (y los títulos de sus tres partes), etc.
Otras veces se traduce casi literalmente, pero con ligeras variantes que casi nadie nota y que podrían ser errores. Por ejemplo, la clásica serie “Star Wars” se llama, como sabemos, “La guerra de las galaxias”. ¿Por qué no “La guerra de las estrellas” o “de los astros”? La verdad es que no hay ningún indicio en el contenido de las películas para pensar que la guerra se dé entre “galaxias”; al contrario, el famoso epígrafe en letras que se alejan por el espacio dice “en una galaxia muy lejana”, lo que haría pensar que se trata de astros en una misma galaxia. Otro ejemplo (relacionado con este) es el de “El regreso del Jedi”: mi tesis es que debió ser “El regreso de los Jedi”, pues en la película “Jedi” se usa tanto en singular como en plural, y no hay ningún Jedi individual que regrese, sino que regresan ellos como grupo al protagonismo en el conflicto.
Luego están los casos en que la traducción es simplemente mala. Me acuerdo del caso de una película que nunca vi: “Never Cry Wolf” (Carroll Ballard, 1983). Ese título hace alusión al famoso cuento del pastorcillo que salía a dar la falsa alarma, “¡Viene el lobo, viene el lobo!” hasta que ya la gente no le creyó en la ocasión en que el ataque del lobo era verdad. Es decir, el título en español debió ser (si se quería ser literal): “Nunca grites ‘¡El lobo!’”. Pero en vez de eso, algún ignorante lo tradujo “Los lobos nunca lloran”, lo cual jamás podría ser una traducción correcta de la frase en inglés (habría tenido que ser en inglés “Wolves Never Cry”) y, además, me imagino que no tenía ninguna relación con el contenido de la película.
Otro caso de pésima traducción se da en una película que no se presentó en cines, al menos en Costa Rica. Se trata de una película sobre Ludwig van Beethoven, titulada en inglés “Immortal Beloved” (Bernard Rose, 1994). El título significa simplemente “Amada inmortal”, que es la forma en que Beethoven, en tres cartas suyas, designa a una mujer de quien estaba enamorado y que nadie ha sabido jamás quién es (la película en cuestión, que sí vi, presenta una hipótesis interesante). Esta vez el ignorante de turno estaba, creo, dentro del personal de la tienda de videos donde alquilé lo que, todavía en ese tiempo, era una videocinta. Dentro de la cinta misma no aparecía ningún título en español, pero el letrero adhesivo puesto en el estuche plástico titulaba la película así: “Beethoven, un ser inmortal”. Bueno, será cierto que Beethoven es un ser inmortal dentro de la civilización occidental. Pero eso no tiene nada que ver con la película. Yo sospecho que el pésimo traductor simplemente no sabía qué significaba la palabra “beloved” (que, ciertamente, no es una palabra de uso cotidiano en inglés) ni entendió para nada la sintaxis de la expresión, y creyó que en vez de “beloved” había que poner el nombre del compositor.
Quiero mencionar un ejemplo más de traducción mala o desafortunada, y es el de la película “Moulin Rouge”. En Latinoamérica se difundió con el estúpido título “Amor en rojo”. ¿En qué estaba pensando el que escogió ese título? La película era estadounidense, con un nombre en francés de un famoso establecimiento parisino que cualquier persona de mediana cultura (sea anglohablante o hispanohablante) tendrá al menos alguna idea de qué es. Creo que un gran número de latinoamericanos incluso pronunciarían “Moulin Rouge” aceptablemente bien. No era necesario traducirlo. O si insistían en traducirlo, podían poner “Molino Rojo”. Pero “Amor en rojo”... literalmente, nada que ver.
En el otro extremo está una traducción absolutamente genial, que yo creo que ni a Beethoven se le habría ocurrido. Se trata de la película de dibujos animados del 2006, “Flushed Away”. Su título en español: “Lo que el agua se llevó”. ¡Simplemente excelente, insuperable, mil veces mejor que en inglés! ¿Qué les habría costado a los creadores de la película titularla en inglés “Gone with the Water”?
Finalmente, un caso de mala traducción pero esta vez del español al inglés (perdonen, pero sospecho que el traductor era español). Se trata de la producción española “Mar adentro” (Alejandro Amenábar, 2004). Tampoco la vi ni creo que la vea. Su título en inglés: “The Sea Inside”, que no quiere decir “mar adentro” sino “el mar por dentro” (o “el mar [que está] dentro [de alguien]”. Para traducir al inglés “Mar adentro” habría habido que decir algo como “Farther into the Sea”, “Out into the Deep”, o algo así.
A propósito de películas, no me gusta usar la palabra “filme”, que según mis cálculos es un argentinismo. Ni “film”, porque es simplemente la palabra en inglés. Por eso no me avergüenzo de usar repetidas veces, incluso en una misma oración, nuestra tradicional “película”. Así era como las llamaban en el Imperio Romano.

martes, 21 de julio de 2009

Origen de la palabra "blog"

Si este blog es principalmente sobre el español, parecería justo explicar la palabra, ya que no es originalmente una palabra en español. El 12 de febrero de este año, en la primera entrada de mi otro blog, Un discípulo en camino, escribí lo siguiente:
Poner un blog en la web... ¿por qué? ... Bueno, primero hay que decir que "blog en la web" es una redundancia oculta. La palabra "blog" es en realidad una abreviatura de "weblog", palabra en inglés formada por web (la red, lit. 'telaraña') + log (bitácora).
Es decir, un blog es una 'bitácora en la web' o 'bitácora electrónica'. El Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), en su artículo bitácora, indirectamente desalienta (como es habitual en obras de la Academia...) el uso de la palabra 'blog' en español. Parece recomendar (aunque no lo hace explícitamente) los términos ciberbitácora y ciberdiario. No sé si alguien de veras usará alguno de esos términos. Yo prefiero llamarlo simplemente blog, consciente de que la palabra es de origen inglés. La verdad es que no solo es más sencillo y breve, sino que, al menos en Costa Rica, ese es el nombre que usan todos los que ven blogs o los tienen.

Los autores de este blog


Este blog fue iniciado por mí, "CAV" (Carlos Alonso Vargas), y ya al día siguiente de inaugurarlo recluté un autor adicional para colaborar en él, "MVA" (Miguel Vargas Arroyo). Mi hijo Miguel, filólogo y traductor como yo (y escritor, y misionero y otras calidades) reside en Monterrey, México. Estoy muy contento de que podamos colaborar en este proyecto. CAV

Las mayúsculas en "La Nación"

En el periódico La Nación se ufanan de seguir al pie de la letra todos los mandatos de la Asociación de Academias de la Lengua Española, según constan en las versiones más recientes de sus criterios oficiales. Pero lo hacen a ultranza, y tendiendo siempre a poner menos mayúsculas de lo prescrito por las Academias.
Así, por ejemplo, es cierto que el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD, 2005) define que las palabras “calle”, “avenida”, etc. se han de escribir con minúscula incluso en el nombre de una calle o avenida específica. (No parece tener en cuenta el DPD que en muchos lugares de América las calles tienen números en vez de nombres. Parece razonable escribir “paseo de los Estudiantes” o “avenida San Martín” o “paseo de la Reforma”, aunque no creo que los mexicanos acepten este último ejemplo. A mí no me gusta y prefiero escribir “Paseo de los Estudiantes” etc. Pero lo que sí queda muy raro es poner “calle 25”, porque aunque se trate de un número ese es el nombre propio de la calle; sería más razonable poner “Calle 25”.)
En La Nación aplican al extremo esa regla y entonces escriben, p.ej. en referencia a la ciudad de San José, “la avenida central”. Creo que eso no tiene sentido, porque no se está simplemente describiendo esa avenida para decir que pasa por el centro de la ciudad, sino que se está dando el nombre de un lugar de la ciudad, aunque ese lugar sea una calle de varios kilómetros de largo. (El mismo DPD indica, en ese artículo “Mayúsculas”, 4.14, que se escribe con mayúscula el nombre de los edificios, monumentos y establecimientos públicos como “la Casa Rosada”, “el Museo de Bellas Artes”, etc.; ¿por qué no incluir en esa categoría las calles, plazas y parques?) Por mí yo escribo “Avenida Central”; pero ellos deberían al menos escribir “avenida Central”.
Pero la cosa se pone más grave cuando en La Nación hacen referencia a la Iglesia Católica o a establecimientos de la Iglesia, pues usan sistemáticamente las minúsculas. El DPD dice (“Mayúsculas”, punto 4.28) que se escribe “Iglesia” con mayúscula cuando se refiere a la institución u organización, y con minúscula cuando se trata de un edificio, precisamente para distinguir esos dos sentidos. Así, se debe escribir: “El Gobierno no tomó en cuenta a la Iglesia a la hora de definir su política educativa”, pero: “Al bajar de la colina divisamos la plaza y la iglesia del pueblo.” Cierto que el DPD no dice si en caso de referirse a la institución va con mayúscula la palabra “católica”; yo digo que sí porque forma parte del nombre de la entidad: “la Iglesia Católica”, a diferencia de, por ejemplo, “la Iglesia Ortodoxa Rusa” (diferente de si uno escribe: “Durante la reunión internacional, la visitante rusa preguntó dónde había una iglesia ortodoxa”). En La Nación les ha dado últimamente por escribir, en forma sistemática, “la iglesia católica” para referirse a la entidad u organización. En cambio, he visto más de una vez escrito “la Iglesia Episcopal”, ahora que está de moda referirse a ella (hace unos días, en una misma página, el periódico escribía “la iglesia católica” y “la Iglesia Episcopal”).
Y hacen lo mismo cuando se refieren a un edificio católico que constituye un “establecimiento público” en la ciudad y que, por lo tanto, según el DPD debería ir con mayúscula: ellos insisten en escribir “la catedral metropolitana de San José”. Una vez me le quejé sobre eso al filólogo de La Nación y me dijo que lo escribían así porque “catedral” era un sustantivo común y “metropolitana” un adjetivo común. ¡Qué conveniente! Con ese criterio yo escribo también “el teatro nacional”, “el templo de la música” y “el monumento a la campaña nacional de 1856”. En San José, la Catedral Metropolitana es un edificio público, un lugar de referencia y además, en cierta forma, un monumento. No es por ser un edificio católico que se escribe con mayúscula; es por la clase de edificio que es y porque ese es su nombre. Es diferente de si yo escribo: “Planean construir una nueva catedral.”
Claro está que ni la Iglesia Católica ni la Catedral Metropolitana se ven en absoluto perjudicadas porque sus nombres se escriban con minúscula. Pero seamos coherentes y justos; lo que es bueno para el ganso es bueno para la gansa.

lunes, 20 de julio de 2009

Entre “membresía” y “membrecía”

Hace ya más de treinta años muchos latinoamericanos nos dimos cuenta de que no parecía existir en español un buen equivalente del inglés membership, en su doble acepción: (a) condición de miembro en una organización o grupo, y (b) el conjunto de esos miembros. Entonces se empezó a popularizar (comenzando no sé por cuál país) el vocablo “membresía”, que a todos nos pareció muy útil.
Como con tantas otras palabras, los autores del Diccionario de la Real Academia Española (el DRAE, todo un tema en sí mismo al cual volveré con frecuencia) se negaron por mucho tiempo a incluir esa palabra en su sacrosanta lista. Finalmente la incluyen en la edición más reciente, la 22ª, que es la que está en Internet. Y figura escrita así, membresía, y correctamente definida, aunque la califican como vocablo propio de Centroamérica, México, Cuba y Ecuador.
Pero parece que los señores académicos cambiaron de criterio, y que en la edición 23ª del DRAE, pronta a salir, vendrá escrita con c, membrecía. Eso es lo que hacen ya en el reciente Diccionario esencial de la lengua española (el “DELE”), obra en general muy buena. ¿Por qué ese cambio? La explicación la dan los mismos señores en el Diccionario panhispánico de dudas (el “DPD”, muy bueno también): dicen que lo correcto es escribirla con c porque otras palabras similares se escriben con c (abogacía, clerecía) a menos que provengan de una palabra que ya contenga la s (burguesía, feligresía, de burgués, feligrés).
A mí no me convence ese argumento. Si la palabra la acuñamos en América, donde la s y la c se pronuncian igual, y el consenso de la comunidad hispanohablante latinoamericana fue escribirla con s, eso debe respetarse. El uso es el que se impone. Y encima, si ellos se tardaron décadas para reconocer la palabra, ¿ahora van a venir a decirnos que la escribimos mal?
De manera que, por lo que a mí respecta, seguiré escribiendo membresía, como se ha escrito desde un principio. Ya hasta le di esa instrucción al corrector ortográfico de mi computadora. De todos modos, a la Academia yo no le hago caso cuando no tiene razón. (Ya les contaré otros ejemplos de mi desobediencia.)

domingo, 19 de julio de 2009

Un blog sobre la lengua y las lenguas

La lengua es una de mis pasiones, como lo saben quienes se relacionan más de cerca conmigo. A cada rato tengo comentarios y observaciones sobre asuntos del idioma español, o de otros idiomas, o de problemas o puntos de traducción. Cierto que muchas veces es para corregir (por ejemplo, me desespera la mala redacción de mucha gente en mi país o, mejor dicho, en mi continente). Pero también muchas veces es simplemente para señalar algo interesante, o para plantear alguna pregunta a la que yo mismo no tengo respuesta, o para comentar cosas curiosas.
Es por eso que he decidido abrir este blog. Algunas veces he sacado en el periódico artículos sobre asuntos del idioma, y espero seguirlo haciendo de vez en cuando. Pero hay dos problemas. El primero es que el periódico donde los publico (La Nación) tiene un filólogo de planta con el que muy a menudo estoy en desacuerdo, y muchos de mis comentarios tendrían que dedicarse a contradecirlo... lo cual reduce las probabilidades de que sean publicados, o implica meterme de bruces en una polémica sin sentido. El otro problema es que muchas de las cosas que sí puedo poner en este blog son simples observaciones o curiosidades que no ameritarían un artículo en el periódico.
De manera que, teniendo ya varios meses de práctica con mi blog sobre la fe cristiana, Un discípulo en camino, me animo ahora a comenzar este otro, a ver cómo me va y cómo nos va. Agradeceré cualquier comentario, aporte o pregunta.