miércoles, 21 de abril de 2010

¿Nos atrevemos a pronunciar el islandés?


En este mes de abril entró en erupción el volcán islandés Eyjafjallajökull, cuya nube de cenizas interrumpió por varios días el tránsito aéreo en Europa... y cuyo nombre ha dejado boquiabiertos a la mayoría de los presentadores de noticias televisivas. En la televisión francesa optaron por llamarlo “le volcan au nom imprononçable”, y un presentador de CNN en Español ha dicho lo mismo: “el volcán de nombre impronunciable”. Muchos noticieros (e incluso medios escritos) han optado por llamarlo simplemente “el volcán islandés”, con el problema de que en Islandia hay tantísimos volcanes que esa es una designación totalmente imprecisa; otros han acortado su nombre a “Eyjafjalla”, quizás pensando que jökull significa “volcán” (en realidad significa “glaciar”). (Una página que vi dice que eyja significa “isla” y fjall “montaña”; y que en realidad, como muchos volcanes islandeses están cubiertos por glaciares, se les conoce con el nombre del glaciar sin que el volcán en sí tenga un nombre. Para especificar que hablan del volcán dirán simplemente “el volcán del glaciar tal”.)
El nombre asusta, tal vez casi tanto como la potencia del volcán. Asusta por lo largo y por la combinación de consonantes... la mayoría de los que no hablamos lenguas nórdicas nos asustamos con ese montón de jotas, y sobre todo en combinaciones como -yj- ó -fj-. Cuando uno se mete a investigar cómo se pronunciará realmente ese nombre —o cómo se pronuncian algunos fonemas del islandés— tiene ciertos consuelos y ciertos nuevos obstáculos.
Un consuelo es que la jota se pronuncia simplemente como una i semivocálica (como en hielo), o como una y suave (como la pronuncian los hondureños, los nicaragüenses y muchos mexicanos en palabras como cayó; no fuerte como la pronuncian los costarricenses). Un obstáculo es que esta palabra de seis o siete sílabas lleva el acento primario en la primera (cosa que ocurre con todas las palabras islandesas). Otro obstáculo es que la ll que en este nombre aparece dos veces no es, como podríamos pensar, una simple duplicación del sonido de l (como en italiano bella), sino que suena tl como en el nombre de la lengua náhuatl. Esa combinación tl es muy difícil de pronunciar para los que hablan español ibérico (¿alguien se ha fijado cómo pronuncian los españoles “atlético” o “Atlántico”?), pero no para los que hablamos español americano (o al menos mesoamericano), ya que precisamente las lenguas indígenas de Mesoamérica nos heredaron esa combinación fonética en diversos vocablos (‘náhuatl’, ‘escuintle’, ‘tepezcuintle’) y topónimos (Popocatépetl, Atitlán). El otro obstáculo es el sonido de la ö en jökull, pero esto no debería presentar dificultad para quien haya aprendido aunque sea un poco de francés o de alemán, pues es la vocal del francés feu o del alemán schön, incluso un poco relajada por no estar en sílaba tónica.
En resumen, la pronunciación del nombre del famoso volcán podríamos representarla más o menos así, en una pronunciación figurada destinada a hispanohablantes: [éiyafyatlayökutl] (con la advertencia ya mencionada de que aquí la y es casi una i, y de que ö representa la vocal del francés feu). Con los símbolos del Alfabético Fonético Internacional eso se indica así: ['ei.jaˌfjatl.aˌjœ.kʏtl]; esa transcripción indica no solo el acento primario (con un ' al inicio de la palabra) sino también los dos acentos secundarios (con una especie de coma vertical antes de -fjatl- y antes de -jœ-), y además el signo ʏ indica que la u no es una u ‘pura’ sino relajada. En el artículo de Wikipedia sobre el glaciar en cuestión se incluye un enlace para oír este nombre pronunciado . Al oírlo nos suena como “resbalado”, como si los fonemas no se distinguieran bien unos de otros.
Yo no sé islandés; solo sé que de las lenguas escandinavas es la más parecida al “nórdico antiguo” (la lengua de los vikingos) y que tiene un sistema completo de declinación, y que su fonología es bastante compleja. El artículo de Wikipedia sobre el idioma islandés da una descripción muy completa para los que no conocemos el idioma.
Pero cuando yo estaba en secundaria hice para Estudios Sociales una investigación acerca de Islandia, y aprendí varias cosas de su historia y su cultura, y alguna que otra de su lengua, que me llamaron mucho la atención. Una de las cosas que aprendí me permitió descubrir un error conceptual en una noticia que el periódico costarricense La Nación publicó hace pocos días, en relación con “el volcán islandés”. Se trata de un cable de AP, probablemente traducido del inglés, titulado “Granjeros tratan de salvar sus rebaños”, y comienza diciendo: “Skogar, Islandia. – Granjeros en la región afectada por la erupción del volcán en Islandia luchan por evitar que sus animales ingieran o inhalen las cenizas del volcán (...) Berglind Hilmarsdóttir, un granjero de productos lácteos, se unió con sus vecinos el sábado para reunir su ganado, unas 120 cabezas en total...” Cerca está una foto de una persona al volante de un carro, con la cabeza y la cara totalmente cubiertas por una máscara, y el pie de foto dice: “El granjero Berglind Hilmarsdóttir buscaba ayer animales perdidos.”
¿Cuál es el error? Pues que la noticia no debería hablar de “un granjero”, sino de “una granjera”. ¿Cómo lo sé? Por el apellido, que es un apellido de mujer. En Islandia, todo varón tiene un apellido que termina en -son (“hijo”), y toda mujer un apellido que termina en -dóttir (“hija”; vean el parecido con el inglés daughter). El papá de esta granjera se llamaba o se llama Hilmar; su apellido no lo conocemos sin conocer el nombre de su respectivo padre, el abuelo de Berglind. Y, como las mujeres islandesas conservan al casarse su propio apellido (el nombre de pila de su padre más -dóttir), resulta que en una familia islandesa cada persona puede tener un apellido diferente. Supongamos que el padre de Hilmar se llamaba Sigurd; entonces su nombre completo es Hilmar Sigurdsson (“el hijo de Sigurd”; la s indica posesivo o genitivo, igual que en inglés o en alemán). Y supongamos que la esposa de Hilmar y madre de Berglind se llama Ingibjörg Jónsdóttir (porque su papá se llamaba Jón), y que además de Berglind tuvo un hijo varón a quien pusieron Kristján. Resultado: en la casa paterna de la granjera Berglind, el padre se llama Hilmar Sigurdsson; la madre, Ingibjörg Jónsdóttir; la hija, Berglind Hilmarsdóttir, y el hijo, Kristján Hilmarsson.
No puedo terminar de escribir sobre Islandia sin hacer referencia al “centro de la Tierra”. Tendría yo como 11 años cuando leí la obra de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra, y ahí no solo comenzó mi curiosidad por Islandia sino que me familiaricé con la palabra jökull. El protagonista de la novela (cuyo nombre olvidé) descubre un antiguo manuscrito en letras rúnicas (las letras con que, en efecto, se escribía en su origen el nórdico antiguo y el islandés). Cuando el protagonista transcribe las runas a letras latinas, se encuentra con que se trata de un mensaje cifrado; son varios grupos de palabras de seis letras cada una. Luego encuentra la fórmula matemática para descifrarlo, y obtiene un texto que encima de todo está escrito al revés, es decir que hay que comenzar a leerlo por la última letra, y que resulta estar en latín a pesar de usar las runas.
El mensaje dice así: In Snaefells ioculis craterem quem delibat umbra Scartaris Iulii intra kalendas descende, audax viator, et terrestre centrum attinges, quod feci. Traducción: “Desciende en el cráter del jökull de Snaefells al que roza la sombra del Scartaris dentro de las calendas de julio, audaz viajero, y alcanzarás el centro de la Tierra, lo cual hice yo.” La referencia es al Snaefellsjökull, un glaciar (con su respectivo volcán) que se encuentra en la costa occidental de Islandia, en la punta de la península central de las tres que hay. Se supone que, al entrar las calendas del mes de julio (es decir, el 1º de julio), la sombra de uno de los picos de ese monte, llamado Scartaris (cuya existencia no me consta) toca uno específico de los cráteres del volcán; es por ese cráter por el que hay que meterse para llegar al centro de la Tierra, como lo hizo Arne Saknussem, un supuesto explorador del siglo XIV que fue el que escribió el mensaje cifrado.
La suerte que tenemos con el hecho de que las erupciones del 2010 sean más bien del Eyjafjallajökull es que, por una parte, podemos respirar tranquilos porque no saldrá por ahí toda la ceniza acumulada en el centro de la Tierra; y, por otra, que el camino hacia el centro de la Tierra no va a quedar taponado.