lunes, 27 de septiembre de 2010

¡Tradúzcanme esa noticia... del español!

A principios de este mes corrió la noticia de una tremenda masacre que un cartel del narcotráfico había perpetrado en el estado de Tamaulipas, México. Los cables noticiosos informaron que el abominable crimen había tenido lugar en un “rancho”.
Puesto que esos cables venían redactados en español, nadie (al menos en los periódicos costarricenses) pensó siquiera en la necesidad de “traducir” la noticia. ¿Para qué traducir del español al español? Claro, ¿para qué...? Pero es que a veces, como en este caso, las cosas no se dicen igual en todos los países hispanohablantes, y puede ser necesario traducir de un dialecto nacional o regional a otro.
Resulta que lo que en México se llama “rancho” es lo que en Costa Rica y en otros países  llamaríamos “finca” o “hacienda”, generalmente en referencia a una propiedad de bastante extensión y con construcciones relativamente lujosas, generalmente para usos de recreo además de producción agrícola o ganadera. En México, un “rancho” no lo tiene cualquiera; hay que ser de cierto nivel económico para poseerlo.
En cambio, en Costa Rica (y en otros países, al menos de Centroamérica) la palabra “rancho” designa una choza rústica, una construcción rudimentaria que solo los pobres tienen y que ocupa muy poco espacio. También se puede referir a una construcción sencilla con techo de paja o de hojas de palma (como lo que en México —y solo en México— llaman “palapa”), por lo común sin paredes, que se usa a modo de cobertizo para fines recreativos en áreas abiertas.
Si bien es admirable la unidad de la lengua española, y es indudable que nos sirve para comunicarnos bien entre gente de muchos países, no podemos presumir así no más que todo se dice igual en todas partes. Los periodistas y otras personas que escriben textos orientados a hispanohablantes de diversos países deberían ser sensibles a ese tipo de variantes, y usar un español lo más neutral y estándar posible. Además, quienes reciben (p.ej. en un periódico local) ese tipo de textos para difundirlos en su propio país deberían ver si hay algo que necesite “traducción”.
Si bien el ejemplo que mencioné es el de un vocablo con diversos significados en distintos países latinoamericanos, por supuesto que es mucho más frecuente que esa necesidad de “traducción intrahispana” se dé entre términos usados en España y términos usados en América. Algunos tienen sentido evidente y entonces no es realmente necesaria la traducción; p.ej. en España se dice “coste” mientras que en América se dice “costo”. Otro ejemplo es el del verbo “acceder”, que en España se suele usar en el sentido de “tener acceso a”, cosa que nos resulta extraña a los latinoamericanos (que solo usamos “acceder” para “consentir, ceder en una opinión”). (Ver artículo de hace un año, “Accesar” y “acceder”.)
En otras ocasiones, la diferencia es muy sutil y es difícil que un periodista la note. Es el caso de la palabra “estatuto”, que en España se suele usar como equivalente o sustituto de “estatus”: “Los guerrilleros solicitaron que se les diera estatuto de ejército beligerante.” En Hispanoamérica “estatuto” es únicamente un cuerpo legal que reglamenta a una asociación u organización, es decir una constitución o reglamento.
Pero también se da el caso de traducciones innecesarias o, mejor dicho, traducciones necesarias para cierto país destinatario pero que salen sobrando en otro. Hace unos años había en Nicaragua una controversia en torno al nombramiento del Contralor General de la República. El término “contralor” (y el de la oficina o dependencia donde él trabaja, “contraloría”) parece ser generalizado en América Latina, mientras que es desconocido en España. Los cables de la agencia española EFE que daban cuenta de esa situación nicaragüense llegaban a los periódicos costarricenses con su traducción: “Dificultades para nombrar al Contralor General (Fiscal de Cuentas)”; o “cuestionan nombramiento en la Contraloría General de la República (Tribunal de Cuentas)”. La traducción era para que los españoles pudieran entender, pero en un periódico centroamericano debían haberla quitado.
Concluyo mencionando un caso un poquito diferente, una mala traducción de un término inglés. Es un titular de La Nación del día 25 de setiembre del 2010: “Israel busca compromiso en torno a asentamientos.” En español “compromiso” es una obligación, una promesa que uno queda —precisamente— comprometido a cumplir. Es totalmente diferente —y casi lo contrario— del inglés compromise, que Webster define como “(a) settlement of differences by arbitration... (b) something intermediate between or blending qualities of two different things” [(a) resolución de diferencias mediante arbitraje... (b) algo intermedio entre dos cosas diferentes, o que reúne cualidades de las dos”]. Es decir, Israel no buscaba un “compromiso” (no buscaba comprometerse ni que nadie se comprometiera a nada) sino un “arreglo”, “término medio”, “acuerdo negociado”, “transacción” o “componenda”. Ese término compromise es uno de los muchos “falsos amigos” que todo traductor debe aprender a evitar, y de los cuales hablaré en otra ocasión.

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