miércoles, 7 de marzo de 2012

¿Tiene usted un idiolecto?

Sin duda que lo tiene, aún en el caso de que no sepa qué es. Toda lengua tiene sus dialectos, que por lo general se definen en términos geográficos, incluso de zonas muy pequeñas; por ejemplo, aunque se podría hablar de un dialecto costarricense del español, en realidad en Costa Rica hay diversas zonas dialectales (se puede definir, por ejemplo, un dialecto del Valle Central, o incluso de la zona oriental del Valle Central, o del Área Metropolitana de San José...). Pero además se pueden clasificar los dialectos según coordenadas sociales, de nivel de educación, etc. Por ejemplo, yo podría decir que en mi familia hablamos un dialecto propio de la zona este de San José, de personas de nivel social medio-alto y con educación universitaria; aunque también hay coordenadas como la generacional y la sexual (los jóvenes hablan diferente de los viejos, las mujeres hablan diferente de los hombres), que quizá son más difíciles de describir. Cada uno de esos dialectos (o el juego de coordenadas que lo definen) tendrá por lo general, en comparación con otros, variantes en la pronunciación, en la entonación, en el tipo de vocabulario que se emplea y en el significado que se atribuye a ciertas palabras. La dialectología es una de las ramas de la lingüística, y en ella se hacen descubrimientos interesantísimos, sobre todo cuando se trata de una lengua de tanta extensión geográfica como es el español.
Un dialecto, sin embargo —y precisamente por las coordenadas que lo delimitan—, es siempre la forma en que determinado grupo de hablantes emplea esa lengua que tiene en común con muchos otros grupos.
Pero existen además los idiolectos. El idiolecto es la forma particular en que un individuo —ya no un grupo— emplea su lengua. El término “idiolecto” está formado sobre “dialecto” pero usando el prefijo idio-, que en griego significa “propio”. El idiolecto es, entonces, la forma propia de un individuo para hablar su lengua. Hay tantos idiolectos como hablantes de una lengua, y por lo tanto no se pueden estudiar a fondo. Sin embargo, es muy interesante fijarse en rasgos propios del idiolecto de algunas personas... y el más fácil es el de uno mismo.
¿Qué factores influyen en la formación de un idiolecto? Pues los mismos que influyen en la formación del carácter y la idiosincrasia del individuo: primeramente la familia de origen; luego los diversos ambientes donde uno se va formando, principalmente la familia extensa, el barrio en que vive —que puede ser más de uno si su familia se muda— , las varias instituciones educativas por las que uno pasa, la persona con quien uno se casa, y, claro, la profesión a la que se dedica y el ambiente laboral y social de la vida adulta.
Además de eso, las palabras y expresiones van cambiando con el tiempo, y eso influye también en el idiolecto. Hay palabras que se dejan de usar, o cosas cuya designación cambia. Por ejemplo, recuerdo que mi abuela paterna me señalaba cómo por el cielo iba pasando un aeroplano; yo creo que todo el mundo entiende qué es eso, pero yo nunca dije aeroplano sino avión. A mi vez, décadas después, me sorprendí cuando mi hija, estando en la escuela, usaba frases como: “Ocupo comprar tal libro”, cuando yo habría dicho “Necesito comprar tal libro”; frente a mis oídos se estaba dando un cambio de uso —muy común ahora y, a mi modo de ver, incorrecto— de “ocupar” en el sentido de “necesitar”.
En mi familia de origen (desde fines de los años 50 hasta mediados de los 70) lo normal era hablar de una bombilla, un limón agrio y la nevera. Unos años más tarde me percaté de que en mi país lo común era más bien hablar de un bombillo, un limón ácido y la refrigeradora. Podría decirse entonces que hay como “dialectos familiares” que forman la base principal del idiolecto de cada miembro de esa familia. En ese dialecto familiar hay palabras que van quedando perdidas porque dejan de usarse; cuando yo era niño se usaba mucho la palabra colorado (“se puso colorado de la vergüenza”), pero después rojo la desplazó por completo. A un autobús era frecuente llamarlo camión (como todavía se hace en México), pero después se generalizó el uso de bus.
Precisamente he detectado algunas diferencias entre mi idiolecto y el de mi esposa, que creo que se explicarán por la diferencia de los respectivos “dialectos familiares” de los que ella y yo procedemos:
•    Mi esposa me pide que después del almuerzo alce la mesa; entonces yo voy y recojo la mesa.
•    Mi esposa dice que yo todos los días me hago la barba o me rasuro; yo en cambio digo que me afeito.
•    Mi esposa dice que en los rincones de la casa se forman telas de araña; yo digo que se forman telarañas.
•    Mi esposa dice que entre nosotros (y no solo por razones dialectales) a veces hay malos entendidos; yo digo que hay malentendidos.
Aunque diferencias como esas se han mantenido con los años, sin duda hay muchos otros puntos en que mi idiolecto ha hecho cambiar al de ella y el de ella ha hecho cambiar al mío. Y los de nuestros hijos —que ya son adultos— tienen sin duda como estrato principal nuestro “dialecto familiar”, al cual se han ido añadiendo las influencias de los diversos ambientes en los que ellos se han movido, y además los cambios habidos en la lengua española —y en el dialecto costarricense del Valle Central— durante la vida de ellos.
Entonces, usted sí tiene un idiolecto; y si se fija un poco en los rasgos que lo distinguen, probablemente vea reflejada la influencia que diferentes ambientes lingüísticos han tenido sobre usted a lo largo de su vida.

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